La crisis ha destruido desde 2008 más de 170.000 empresas en España. Basta con pisar la calle para comprobar sus devastadores efectos. Persianas bajadas y carteles de ‘’Se Alquila’’ cuelgan en los bajos comerciales, antaño boyantes. Miles de autónomos han echado el cierre al no poder hacer frente a los gastos.
A pesar de las muchas dificultades, unos pocos resisten el envite de la economía. Desafían a la actual coyuntura con sus comercios tradicionales o sustentados en ideas alumbradas al calor de las vacas flacas. Son los negocios de la crisis. Y he aquí cuatro ejemplos.
«Esto no tiene arreglo, no te merece la pena». Miguel Zaragoza dicta veredicto tras analizar detenidamente una bota. Es reparador de zapatos en el barrio valenciano de Orriols. Un zapatero de los de toda la vida. Desde hace 28 años.
Los zapateros ya no fían. Los arreglos se pagan siempre por adelantado
En las casi tres décadas en activo ha sobrevivido a todas las crisis. De momento también a ésta. «Afortunadamente tengo el local y la maquinaria pagada porque no es que haya aumentado la faena», se lamenta.
Al contrario de lo que cabría esperar, los arreglos de zapatos usados no se han disparado en los últimos años. Pero tampoco se han hundido. «La gente trae a reparar lo estrictamente imprescindible. Sobre todo calzado de niño y algún par bueno». Por ello, complementa su actividad con marroquinería y algunos artículos de regalo.
La proliferación de productos de bajo coste está minando el negocio de siempre. A tan bajo precio, los arreglos no compensan. «El género de los chinos está por debajo de los estándares de calidad. Son zapatos de usar y tirar, que ni siquiera duran una temporada. No merece la pena repararlos».
Miguel Zaragoza, zapatero. | A.A.
‘No merece la pena arreglar los zapatos de bajo coste. Son de usar y tirar’
La situación económica también ha cambiado la relación con los clientes. Ahora ya no se fía. Los trabajos se abonan por adelantado porque, de lo contrario, el calzado nunca regresa a sus dueños. «Si no tienen dinero, nadie baja a por ellos. Hemos comprobado que lo que no se paga se queda. De diciembre a acá ya acumulamos 20 pares».
No es un fenómeno exclusivo de este distrito de extracción obrera, donde el desempleo continúa causando estragos. En pleno centro, José Enrique Mata exhibe unos costosísimos Miu Miu completamente nuevos. Llevan semanas en lo alto de una estantería. Su propietaria no ha ido a recogerlos.
El taller de Mata es actualmente el más antiguo de Valencia. Lleva abierto ininterrumpidamente 52 años. Un negocio familiar que ya suma dos generaciones y que presumiblemente tendrá relevo.
«Ha flojeado el trabajo, pero supongo que tampoco nos podemos quejar. En esta zona, la mayoría de arreglos son en zapatos nuevos a estrenar. Solemos cambiar las tapas del tacón para que no resbalen o los ponemos en la horma para evitar que aprieten. El problema es que ahora se compra menos calzado y también recibimos menos género».
Las composturas de la crisis
Daria exhibe sus encargos en las perchas de su diminuta tienda. Trajes, vestidos, pantalones, chaquetas. Aún sin rótulo, su negocio es conocido en el barrio. Hace arreglos de todo tipo en casi cualquier prenda de vestir. Desde meter el bajo a un pantalón hasta transformar por completo un vestido de novia. Incuso comercializa sus propios diseños.
Daria, en su costurería. | A.A.
Daria arregla más ropa de temporadas pasadas ante la crisis económica
Las agujas y patrones no encierran secretos para esta madre de familia que, desde la ex soviética Georgia, viajó hasta España hace 14 años. Siempre vinculada al sector textil, Daria llegó a estar al frente de una pequeña fábrica de corte y confección. Aunque este proyecto, como otros tantos, echó el cierre.
Su nuevo negocio nació en 2010, después de tres años en paro. Y a pesar de la crisis, resiste. «Ya llevamos dos años aguantando», confiesa. No es poco. Otros muchos han cerrado.
Con los malos tiempos, se exprime al máximo el fondo de armario. Daria explica que son muchos los clientes que le llevan ropa antigua, pero de calidad, para volver a ponerla en uso. «Si se les está grande es muy fácil, lo complicado es si les queda pequeña», bromea.
No aspira a hacerse millonaria. Sólo a sobrevivir. En el sector de las composturas hace años que se trabaja con tarifas muy ajustadas. Y para lograr un sueldo signo se deben dar muchas puntadas. Todas con hilo.
Mecánica ‘self service’
Las operaciones de mantenimiento del vehículo siempre resultan tan inoportunas como ineludibles. Nunca sientan bien al bolsillo. Pero en época de vacas flacas también se deben cambiar las ruedas, el aceite o las pastillas de los frenos.
Quienes poseen conocimientos de mecánica disponen, en cambio, de una opción más económica. Ésta es la baza de Carbox Renting, que alquila su taller para que sea el propio cliente quien reparare su automóvil.
Los talleres autoservicio pueden rebajar a la mitad la factura del mecánico
La empresa dispone de siete boxes equipados con toda la maquinaria necesaria para arreglar cualquier avería (elevador, carro de herramientas completo con pistola de impacto, mesa de trabajo con tornillo de banco, tomas de aire comprimido y electricidad). Y, además, se hace cargo de la gestión de los residuos y la limpieza del espacio.
«Con esta fórmula se puede llegar a reducir a la mitad el importe final de la factura», señala Salvador Moreno, gerente de esta empresa radicada en Quart Poblet, a escasos kilómetros de Valencia.
La tarifa básica asciende a 16 euros la hora, aunque por 995 euros arriendan el box durante un mes completo. Según Moreno, el abono está dirigido a los profesionales que carecen de un taller propio. «El 70% de nuestros clientes pertenecen en el grupo». Muchos de ellos son mecánicos en paro que encuentran aquí una oportunidad para generar ingresos. O, al menos, ir tirando con pequeños trabajos.
Aunque el negocio cumple, Carbox no sólo vive del alquiler de boxes. Es también un taller multimarca, actividad que complementa los ingresos del grupo. «En la actual coyuntura, cubrir gastos, pagar las nóminas y generar empleo es un hito. Pero tenemos que ser optimistas», apunta Salvador Moreno.
El ‘boom’ del oro
Si hay algún negocio que ha florecido desde 2008 es el de la compraventa de metales preciosos. Los establecimientos conocidos como Compro Oro han crecido como setas alimentados por la crisis. La misma que empuja a muchas familias a vender sus joyas para poder hacer frente a los gastos.
En uno de estos locales trabaja Marian quien, valga la redundancia, asegura que no es oro todo lo que reluce. «Se supone que el ‘boom’ fue hace uno o dos años atrás, pero ahora esto va por épocas».
Los establecimientos de compra-venta de oro se han multiplicado en 4 años
A pesar de que es la única dependienta, no sufre de estrés laboral. Durante la mayor parte de su jornada laboral está sola. No hay faena. Los clientes se concentran, sobre todo, a final de mes y en menor medida, antes de las fiestas y periodos de vacaciones.
Aunque también aceptan empeños, la mayor parte se decanta por vender. Es una decisión lógica. La cuantía que reciben es mayor, lo que permite tapar más agujeros.
A juicio de la dependienta no existe un perfil de usuario definido. Acuden ciudadanos de todas las edades, aunque matiza, «quizás más extranjeros que españoles». Lo hacen casi todos en silencio, con cierta vergüenza, intercambiando las palabras justas. Marian lo agradece. Admite sentirse afligida al imaginar su situación económica. Algunos, los menos, dan detalles de sus respectivos dramas personales. Necesitan desahogarse antes de desprenderse de sus recuerdos.
Tras varios años en el negocio, esta joven desconoce cuál es el margen de beneficio de su empresa. Probablemente tampoco quiera saberlo. A diario, su jefe le indica el precio que debe abonar en las transacciones. Hoy, paga 22 euros por un gramo de oro de 24 kilates. Su cotización real, no obstante, supera con creces los 40 euros. Casi el doble.
Marian confía en no tener que recurrir nunca a esta fórmula para lograr liquidez: «Me tendería que ver muy apurada para desprenderme de algo así. Ya no es sólo por el valor económico, también el sentimental», cuenta. En la crisis, todo tiene un precio.
El Mundo 28/05/2012 (ver noticia)





