Los chinos extienden sus negocios

Los empresarios orientales aumentan su presencia en el textil, la bisutería, la tecnología y, más recientemente, los bares de tapas

Entablar una conversación con un chino es como atrapar un salmón con las manos. No es un proverbio, es una realidad. Así es en los ‘chinatown’ valencianos, cada día un pelín más amplios, cada año un poco más variopintos. Y si es difícil tertuliar con un chino, igual de complicado es censar su tejido empresarial. Nadie se atreve a dar una cifra. Las administraciones dicen que no distinguen entre las nacionalidades, y las asociaciones aseguran que no se dejan clasificar. La Asociación de Empresarios Chinos en Valencia asegura que la colonia supera las 25.000 personas. Mientras que la cifra de empresas chinas ronda las 2.000.

Entre los primeros restaurantes chinos, tan rococós ellos, tan exóticos, en los que los valencianos descubrieron el rollito primavera hace 40 años, y los actuales, tan minimalistas, tan asépticos, en los que el cliente acude a descubrir sorpresas servidas en un plato, hay todo un mundo. Por el camino del empresariado chino han brotado numerosas ramas: primero fueron los bazares de ‘todo a cien’. Pero han ido surgiendo más y ya es común ver a un chino tras el mostrador de una tienda de ingenios tecnológicos, de una bisutería, de un negocio de ropa, y, más recientemente, los bares de tapas de toda la vida.

Uno de los escasos referentes fiables es el estudio que realizó la Cámara de Comercio en 2007 y en éste se atisba un auge de este tipo de negocios a partir de 2005. El 84 por ciento de los comercios tienen menos de ocho años de existencia. Y el perfil de estos negocios incluye un local de 120 metros cuadrados, alquilado y que está diez horas abierto. El 42 por ciento abre todos los días de la semana y cuatro de cada diez no informan del horario.

Un núcleo impermeable

Un recorrido por la calles Pelayo o Literato Azorín es un martirio para un periodista. En estos ejes de los ‘chinatown’ nadie quiere hablar. Nadie entiende al interlocutor. Nadie tiene tiempo que perder. Nadie muestra el más mínimo interés por abrirse. Los chinos son opacos. Y si eso le ocurre a un reportero, qué decir de un policía. Una de las leyendas urbanas -infinitas alrededor de esta nacionalidad- que circulan asegura que un policía puede acabar una semana entera de interrogatorio sin sonsacarle una sola palabra a un chino. Aunque la insistencia tiene premio.

Bixia Weng llegó a España hace 18 años y comenzó trabajando de camarera. En 1999 subió la persiana de su tienda de ropa en la calle Cuba . Al llegar antes de que se formara el núcleo duro de Ruzafa, ahora se siente desplazada. «Yo no tengo trato con toda esta gente», informa con cara resabiada. La clientela conoce a Bixia Weng por el nombre de Yolanda -«es más fácil para la gente», explica- y, aunque hace décadas que dejó Zheng Jiang, todavía conserva un viejo diccionario bajo el mostrador.

Al doblar la esquina está Alimentación Cheng Xin, el supermercado chino de Xu Zhi, un empresario de 41 años que alucina con los sanfermines y que los domingos, con permiso de su bebé de dos meses, se echa unas canastas con los amigos en la Fonteta. Xu Zhi tiene en su colmado infinidad de productos, extraños a los ojos de un occidental, elementales en las cocinas de los restaurantes orientales.

Algunos acceden a contar algunas interioridades a cambio del anonimato. «Ya me han metido una vez el cañón de un arma en la boca y no me la voy a jugar», se justifica uno. La sombra de las mafias parece pasear por las misteriosas trastiendas de sus comercios.

En la calle Pelayo el panorama es muy parecido. El hermetismo es idéntico. Caras largas, rostros impenetrables a la puerta de cada local. Incrustado entre los chinos resiste un valenciano que echa pestes de sus vecinos. Él también exige mantener su identidad a salvo. «Están reventando el mercado. Los españoles ofrecemos un precio razonable por un alquiler y entonces llegan los chinos y ofrecen el doble». Está indignado, aunque su bolsillo está vacío de pruebas. Él asegura que el sentido común y una ojeada son suficiente argumento. «Si el sueldo de esta gente en su país es de 50 euros al mes, que es por lo que se van de China, ¿cómo es posible que subsistan en comercios en los que no entra un alma? ¿ Y cómo pueden luego quedarse con todos los bajos que se quedan libres? Eso no se lo traga nadie».

En la barra del Bar Frenazo atiende un chino jovencito, con el pelo teñido de rubio y un corte algo estrafalario. A sus 19 años la vida se reparte entre el trabajo y el ocio. Shiyu Xia llegó a Valencia hace nueve años, después de que su padre saliera de Wenzhou, la capital de las falsificaciones, una ciudad próxima a Shangái, y probara suerte en Málaga. Su juventud, en comparación con su progenitor, es una ventaja. «A mí me costó un poco aprender el español, pero nada que ver con mi padre», explica en su nuevo negocio, sustituto del anterior, una tienda de ropa en la que «ya no se ganaba mucho dinero».

Shiyu Xia está en el bar desde el mediodía hasta la medianoche. Después se junta con los amigos, también chinos. «Vamos a casa de alguno y bebemos; a mí me gusta el whisky. Después, a la playa o a alguna discoteca. A veces nos metemos en lugares donde sólo van chinos, como un karaoke de Manises».

Sus horarios interminables son un incordio para la competencia autóctona, que no está dispuesta a pasarse la vida en el negocio. La conselleria de Industria intentó echar un cable hace dos años al modificar la Ley de Comercio: reduciendo, de 300 a 150 metros cuadrados el límite de superficie de venta para tener total libertad horaria.

La Generalitat intenta tender puentes entre la Comunitat y China. Esta semana Vicente Rambla ha estado en Shangái. El vicepresidente del Consell visitó la Expo y aprovechó para «acercar oportunidades de negocio» con China. Hace diez años, la Comunitat exportaba productos a China por un valor de 90 millones de euros e importaba 683 millones. En 2009 exportó 208 e importó 1.747. Un 53 por ciento de los chinos se proveen de las importaciones de su país. Y todos los eslabones de la cadena, desde los fabricantes hasta los minoristas, están copados por chinos.

Las Provincias 18.07.10 (Ver noticia)

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