Uno de los sectores de actividad que está sufriendo más directamente y de forma acelerada la crisis económica es el comercio, en sus dos vertientes minorista y mayorista, la primera ofrece un escenario de especial gravedad por sus efectos en el empleo y sus repercusiones en la vida ciudadana y familiar.
Quizá no podría ser de otra forma. Los altos niveles de consumo internos conocidos en España en estos años han sido uno de los baluartes de nuestro crecimiento, pero este nivel de consumo estaba basado en un fuerte endeudamiento de las familias, por lo que su exposición a la recesión económica es aún mayor.
Sin embargo, en las etapas de mayor crecimiento la tasa de beneficio medio anual entre los titulares de los pequeños comercios, o unilocalizados como también se les denomina, ha sigo generalmente muy escasa, debido al aumento de la oferta y la fuerte competencia con otros formatos comerciales. Esta circunstancia no ha permitido un aumento de la acumulación del ahorro, al contrario de lo ocurrido en otros sectores, como el de la construcción.
Esta crisis viene a agravar los problemas ya detectados con anterioridad y que, en parte, habían quedado ocultos tras el fuerte tirón del consumo. Ciertamente, nuestro comercio personal o familiar venía sufriendo fuertes dificultades estructurales, derivadas de la presencia de las grandes superficies, cadenas comerciales con formato urbano, tiendas de conveniencia, nueva presencia de la inmigración en el comercio o los nuevos sistemas de ventas por vías telemáticas o directas.
En el nuevo contexto socioeconómico, el comercio tradicional se enfrenta a dos grandes tareas: de una parte mantener las exiguas ganancias de sus propietarios en un escenario de reducción de precios al consumo y en consecuencia de márgenes de intermediación; y de otra estabilizar el empleo generado en estos años, lo que va a resultar un difícil objetivo, teniendo el cuenta el importante número de cierres definitivos de negocios que se vaticinan en esta nueva situación a la que nos enfrentamos.
Desde enero de 2008 al mismo mes del año 2009, se han perdido como afiliados en el Régimen Especial de Trabajadores Autónomos de la Seguridad Social (RETA) más de 20.000 comerciantes minoristas, lo que significa el cierre de persiana del mismo número de pequeños comercios tradicionales, con dos problemas añadidos, los titulares que abandonan la actividad dejan de cotizar, perdiendo sus derechos adquiridos, además de cerrar en las peores condiciones financieras, con deudas y sin posibilidad de hacerles frente con una actividad ya inexistente.
Estas pequeñas quiebras, reales no declaradas, tienen una causa inmediata, la reducción drástica y en muy poco tiempo del nivel de consumo interior de las familias y empresas. Comprobamos que el índice de ventas del comercio minorista a precios constantes se redujo en el año 2008en un 11 por ciento, cifra que podrá llegar a un 17 por ciento en estos primero meses de 2009. Nunca se había conocido un retroceso tan fuerte, que incluso llega ya al comercio alimentario, que hasta ahora había tenido un mejor comportamiento frente al de bienes de equipo y hogar.
Esta crisis comercial, de continuar, producirá efectos negativos más allá de los expuestos en materia social y económica. En el ámbito rural, reduce la capacidad de servicios y agudiza la despoblación. En el ámbito urbano, desertiza la actividad en los centros históricos y produce aumento de la inseguridad, en especial en las zonas peatonales. En las grandes superficies, afecta al abandono de las tiendas complementarias y puede llegar a presentar una ingente arqueología comercial.
Intereses superiores exigen actuar en consecuencia, aunque lo sea aceptando la real necesidad de estrechar la oferta y adecuarla a la dimensión de una demanda que ya no será en muco tiempo la conocida de estos años atrás. La consecuencia es que hay que asumir una reconversión, que será en algunos casos dolorosa, pero imposible.
Está reconversión pasa por adecuar la dimensión del sector, buscando alternativas al abandono de la actividad en término humanos. Así ha sido en sectores como el agrario o transporte, no sabemos muy bien por qué el comercio no ha podido nunca beneficiarse de este tipo de medidas.
Por otra parte, las Administraciones Públicas deben promover la competitividad del sector. Su capacidad de adaptación a las nuevas tecnologías y sistemas avanzados de comunicación es muy reducida, sus técnicas de ventas, anticuadas, y no aprovechan el punto fuerte del sector que es la capacidad de relacionarse con los clientes.
El comercio de proximidad, conocido en otros ámbitos como mediterráneo, será siempre necesario en un país como el nuestro, de clima benigno y en el que la relación social se convierte en una categoría cultural. Tenemos que aprovechar este factor para mantener un número de negocios, quizá superior a la media europea, pero con capacidad de oferta suficiente y todavía necesaria.
Todo proceso planificado será mejor que la reconversión salvaje que viene sufriendo este sector, sufrimiento que no se merece, si tenemos en cuenta la aportación que ha venido ofreciendo la sociedad española durante años.
Sebastián Reyna
Secretario General UPTA
El Economista 09/03/2009 vía SIP AGECU


