Va de carencias ministeriales. Resulta que, siguiendo la pauta del más absolutista pasotismo, tampoco hay Ministerio de Comercio. Hay que ver, este «Gobierno de España» (como se publicita), sigue la pauta del: Aquí estamos puestos por el pueblo soberano y hacemos lo que nos viene en gana.
Pues nada, he leído y releído, he buscado y rebuscado, he indagado, me he metido en «gugle» y no hay manera. En el directorio del nuevo Gobierno no existe, tampoco, Ministerio de Comercio. Lo más cercano que hemos encontrado ha sido una Secretaría de Estado, cuya secretaria es Silvia Iranzo Gutiérrez.
O sea, se cargaron sin más preámbulo el del sector primario, Agricultura. Ahora, igualmente, pasan del importantísimo sector terciario, Comercio. Da la impresión como que no son importantes Todo ello constata que los tecnócratas, burócratas y otros cratas, son personas comodonas, que siguen pautas establecidas. De imaginación y creatividad, nada. Tal vez lo que ocurre es que ancestralmente hemos estado administrados por una pléyade de esos.
Señores burócratas, ¿sabían que la prosperidad de los pueblos, desde tiempos remotos, ha venido de la mano del comercio? Y que el comercio es un factor determinante para mover la máquina del Estado. Retrocedamos veintidós siglos y reflexionemos sobre los motivos del inicio de la Ruta de la Seda.
La paradoja es que de eso, de creatividad e imaginación, estamos sobrados. Lo atestigua el genio Gaudí, cuando meditaba: en la cuenca Mediterránea, la luz llega a 45 grados, lo que propicia el nacimiento de las ideas.
Pese a esta ventaja, España, tradicionalmente, ha adolecido de grandes comerciantes. Esto, acompasado con la apatía, carencia de apoyo y estímulo de los gobiernos de turno, así nos va.
Señores del «Gobierno de España», del color político que fuere, a ver si se enteran de una vez, sin comercio no hay vida.
Tal vez deberíamos orientar nuestra brújula hacia pueblos de demostrada prosperidad. Como ejemplos ilustrativos tendríamos a holandeses (sin espacio vital), británicos (aislados), belgas, franceses, italianos, japoneses (señores del terremoto y tifones). Todos ellos, pueblos ricos por obra y gracia de su comercio.
Pero esto no es todo, desde hace 2.000 años los italianos compran nuestro aceite de oliva, lo etiquetan con su marca y, asómbrense, nos lo vuelven a vender a los españoles, beneficios a la buchaca italiana.
Si seremos dudosos comerciantes, que todavía se siguen enviando cítricos a mercados europeos a «resultas», es decir, «cuando venda ya decidiré la cuantía». Mientras tanto, y como quiera que las lonjas de frutas de las grandes ciudades alemanas están copadas por asentadores de origen turco, preferencia lógica, sus cítricos, aún siendo de inferior calidad.
Vamos, que el mayor cliente de flores holandesas sea el español. ¿Pero cómo, Holanda? ¡Sí! la que tres cuartas partes de su territorio fue tomado al mar. ¡Sí! la que, tal vez, nos compre cítricos para luego revendérnoslos embotellados con una marca muy conocida obteniendo pingües beneficios. Tienes más, uno de los proveedores más importantes de calzado de España es Holanda, lo gracioso es que allí no se fabrican. Matrícula de honor para los Países Bajos y los otros…
Como muestra, otro botón: miremos al pueblo judío, detectaremos que jamás han producido algo y ahí los tenemos, dueños -económicamente- del «mundo mundial». Su emblema: «que produzcan ellos, nosotros comercializaremos».
Más: imaginemos, por un instante, si a estos países punteros, el microclima les fuese favorable, y el chollo de riqueza en cítricos de que goza la Comarca del Bajo Segura cayese en manos de holandeses, japoneses, británicos, y en consecuencia les permitiese producir nuestro manjar, vamos; un limón costaría en el bancal a 1.000 pesetas. ¡Sí! así Lo fácil producir, lo complejo vender.
Y es la ínfima importancia que secularmente se ha dado al comercio, en nuestra España. No hay pueblos ricos ni pueblos pobres. Hay pueblos con buena gestión y pueblos con mala gestión.
Antonino Fabregat Payá es empresario.
Diario Información 26/06/2008


