PLANETA URBANO- LOS ESCENARIOS
Siete modelos de ciudad
Hiperpobladas. Sostenibles. Contaminadas. Ciudades marca, ciudades dormitorio, megalópolis. De Dubai a Barcelona. De Berlín a Shanghai. Un recorrido por siete urbes que son siete maneras de entender la convivencia.
LONDRES
HACIA UNA VIDA MENOS INTROVERTIDA
La sede de los Juegos Olímpicos de 2012 reconvierte zonas industriales y crea nuevos espacios públicos
Con 7,5 millones de ciudadanos, Londres vuelve a crecer después de muchos años perdiendo habitantes. Pero está lejos de los 8,6 millones que tenía en 1939. La decisión de no crecer más allá de un cinturón verde en torno a la ciudad, tomada en 1943, ha marcado el urbanismo de la capital británica limitando su crecimiento y favoreciendo su densificación por encima de su expansión. El cambio más espectacular de los últimos años ha contado con el asesoramiento del autor del Pompidou y la T4, el arquitecto Richard Rogers, dispuesto a encontrar nuevos espacios públicos para que sus conciudadanos puedan llevar una vida menos introvertida. Así, los terrenos de antiguas industrias, junto al Támesis, han sido recalificados para alojar hoy edificios de apartamentos, centros culturales y rascacielos de oficinas con los que poder pagar los nuevos paseos y plazas. También el centro financiero, la vieja city, la ciudad de negocios en torno a la catedral de San Pablo, ha crecido en altura para acoger espectaculares ejemplos arquitectónicos como sedes de grandes empresas y, sobre todo, de entidades financieras y bancos internacionales. Pero serán los terrenos de los antiguos almacenes portuarios al este de la urbe (el puerto de Londres permaneció abierto y activo hasta los años setenta) los que dejen de ser zonas degradadas para acoger el grueso de las flamantes instalaciones olímpicas de los juegos de 2012.
El producto interior bruto de esta ciudad es el mismo que el de un país como Suiza. Y su superficie dobla la de la ciudad de Nueva York, con un número similar de habitantes. Por eso esta es una capital relativamente verde salpicada por grandes parques reales, amplios jardines urbanos, bastantes zonas verdes comunitarias y por numerosos patios traseros que contribuyen a airear la metrópolis. Con todo, la eficacia del metro (el más extenso del mundo), la activa vida cultural y las numerosas riquezas de esta capital encumbren, también aquí, muchas desigualdades. Según Ricky Burdett, comisario de la muestra Global Cities en la Tate Modern y asesor del Londres olímpico, debido al elevado porcentaje de los sueldos que se lleva el alquiler de las viviendas, más de la mitad de los niños londinenses viven hoy por debajo del nivel de pobreza.
MADRID
LA PERIFERIA ILIMITADA
Los precios elevados del centro de la capital empujan al ciudadano hacia el bloque y el adosado del extrarradio
Miles de hectáreas de matorral en la frontera de la ciudad se han transformado en barrios, deshabitados durante el día, en la última década. La periferia se expande sin límite aparente sumando a la capital barrios como Sanchinarro (en la foto, el edificio que levantó ahí el estudio MVRDV), Las Tablas, Arroyo del Fresno o Montecarmelo con más vivienda que infraestructura. Casi 100.000 nuevos pisos, muchos con la firma de algunos de los arquitectos más famosos del planeta, dibujan un interés de la Administración local por dotar a todos los madrileños de una vivienda digna. El esfuerzo y la voluntad han sido importantes. A un piso protegido se accede por concurso y sin posibilidad de reventa inmediata para evitar la especulación. La Empresa Municipal de la Vivienda ha querido contar con los mejores arquitectos para alojar a los más desfavorecidos. Pero los proyectistas muchas veces han tenido más en cuenta la cara de sus edificios que la vida de sus inquilinos. También los urbanistas han fallado. La rapidez con la que se construye la periferia ha generado barrios sin carácter y faltos de infraestructuras que les permitan convertirse en vecindarios y no en ciudades-dormitorio.
Son los altos precios de la vivienda en el centro los que empujan a la población hacia los bloques o adosados de las afueras. Se diría que en Madrid las familias acaban arraigando cerca de la carretera que conduce a su pueblo de origen (autovías de Extremadura o Andalucía en el sur y de A Coruña o Burgos en el norte). Entre los anillos viales de la M-30, M-40 o M-50 que, lejos de contener el crecimiento, rompen la unión entre la urbe y su creciente expansión, han surgido varios niveles de periferia. El esfuerzo de la Administración por mejorar el transporte público (Madrid tiene el segundo metro más extenso de Europa y el sexto del mundo) contrasta con la necesidad de coger el coche para llegar al centro comercial por falta de comercios locales e infraestructuras en los que hacer vida de barrio.
BARCELONA
EL RIESGO DEL ÉXITO
Icono urbanístico en los noventa, corre el peligro de convertirse en ciudad para visitantes
La recuperación del frente marítimo le dio al urbanismo barcelonés carácter mediterráneo y colocó a la ciudad a la vanguardia urbanística de los noventa a finales del siglo pasado. La operación fue vistosa y festiva, pero su digestión está siendo pesada.
Aquel fue un proyecto precursor en cuestiones de sociabilidad y rehabilitación del espacio público. La ciudad se abrió al mar. Lo recuperó. A ese lavado de cara le siguió el rescate de las playas y la reconversión de una antigua zona industrial costera en nuevo barrio residencial. Residencial: no se guardó una parte significativa para viviendas sociales. Se perdió la oportunidad de integrar. Los Juegos Olímpicos de 1992 fueron la excusa para seguir avanzando con grandes trabajos de infraestructura para mejorar instalaciones y la circulación. Luego la ciudad siguió esmerándose en rematar bordillos y en uniformizar el mobiliario urbano, y se empezó a pagar un precio: las aristas se perdían, lo singular se homogeneizaba.
La llegada masiva de turistas ha hecho que la ciudad rozase la muerte de éxito. Para acogerlos, la modélica Barcelona optó por cerrar de nuevo las puertas al mar. Tras levantar un sobrio centro de ocio en terreno ganado al agua (el Maremagnum, de Piñón/Viaplana), erigió un edificio búnker firmado por el pritzker norteamericano de origen chino I. M. Pei, autor de la famosa pirámide del Louvre. Hoy, ese World Trade Center, y el nuevo Hotel Vela, de Ricardo Bofill, rompen la línea del horizonte: se tragan las vistas abiertas al Mediterráneo. «La ciudad se ha ordenado, pero también se ha falsificado hasta hacerla apta para formar parte de la galería de iconos impostados que componen hoy la marca Barcelona», opina el geógrafo Francesc Muñoz, autor del libro Urbanalización, en el que describe la brandificación de Barcelona, su conversión en una marca.
Hay quien critica que la progresiva elitización de barrios como Gràcia, o ahora, la del Poble Nou, ha creado un paisaje excluyente alejado del modelo de urbe integradora. Por eso, a pesar de haber sido modélica, Barcelona no ha vuelto a tener los 1.643.542 habitantes que tuvo en 1992. En los últimos años, las obras más destacadas han sido hoteles y oficinas: edificios para gente que está de paso. Muchos barceloneses son incapaces de pagar un alquiler en el centro. Así, en la última década, más de la mitad de la vivienda nueva se construyó en forma de casa unifamiliar y en alguno de los 311 municipios que componen la provincia. Con los usuarios y los ex ciudadanos afincándose en localidades vecinas, la población del cinturón que rodea la ciudad en un radio de 20 kilómetros supera a la de la propia urbe. El peligro está en terminar convirtiéndose en un parque temático de la antigua ciudad de Gaudí.
DUBAI
DEL DESIERTO A LA METRÓPOLI
Un experimento inmobiliario y financiero, entre el lujo y la desigualdad, amenazado por la arena
El 93% de los ingresos de esta ciudad sembrada en la arena del desierto en poco más de una década provienen hoy del mercado inmobiliario. Y aunque ha vivido también una burbuja constructiva, la vecina Abu Dabi ha acudido a su rescate de la misma manera que Washington rescata al centro financiero de Nueva York cuando amenaza tormenta.
Más allá de la celeridad, lo sorprendente de Dubai es que su riqueza no proviene del petróleo, sino de las ideas. La industria de los bienes de lujo y el turismo se ha redefinido en esta ciudad. Y la han redibujado. Para 2015, Dubai espera tener 2,5 millones de habitantes y 40 millones de visitantes anuales. Con una población creciente de casi millón y medio de personas, alrededor del 90% de sus habitantes son extranjeros, y más del 70%, hombres. El ritmo de crecimiento económico se ha mantenido cercano al 80% en la última década. Pero su planificación y su construcción han sido tan aceleradas, que desde Europa se contempla lo ocurrido con incredulidad y casi esperando la caída del castillo de naipes. Nos cuesta creer que algo así sea posible. No estamos acostumbrados a un ritmo tan trepidante de construcción. Y mucho menos de toma de decisiones.
Con una ingeniosa campaña mediática basada en el clásico circense del más difícil todavía, la imagen de Dubai nos llegó antes que su realidad. Sabemos más de sus retos -el edificio más alto del mundo- que de la propia urbe. Como resultado, las oficinas de venta de las inmobiliarias se han convertidos en atracciones turísticas en las que la mayoría de las promociones se venden antes de estar terminadas. En Dubai han apostado por redefinir el lujo. Pero allí no ha trabajado ninguno de los arquitectos estrella. La vecina Abu Dabi, tal vez animada tras el despliegue de su emirato vecino, los ha concentrado ahora. Jean Nouvel, Zaha Hadid, Frank Gehry o Tadao Ando ultiman los nuevos Louvre o Guggenheim para la Isla de la Felicidad que se lanzará en pocos años como el centro cultural del futuro.
«La moda se ha extendido de la ropa a la vida entera», explicó Giorgio Armani. Su grupo ha ideado un hotel con 175 suites y 144 residencias en el Burj Dubai, el edificio más alto del mundo, rebautizado ahora como Burj Califa como agradecimiento al emir de Abu Dabi, que ha salvado a Dubai de la insolvencia financiera. Hazañas como la construcción de ese rascacielos han incrementado el precio del suelo en un 65%. Una pista con 22.500 metros cuadrados de nieve en medio del desierto es la principal atracción del centro comercial The Emirates. El urbanismo de la ciudad absorbe esa pista, pero cruzar la calle puede significar tener que coger un taxi, pues se ha pensado poco en los peatones en un clima donde todos prefieren el aire acondicionado.
Un gran reto para Dubai será aclarar si tiene, o no, una vocación realmente cosmopolita. A diferencia de Kuwait, por ejemplo, en Dubai las mujeres pueden conducir y está permitido el consumo de alcohol en los bares de los hoteles. Pero, recientemente, una ciudadana inglesa fue denunciada por conducta indecente al besar a su acompañante en uno de esos restaurantes.
En espera de que la ciudad se defina, la naturaleza ya ha hablado. La arena del desierto suele cubrir los nuevos edificios con un velo polvoriento y la zona de playas, que añadió 520 kilómetros de costa a la ciudad, ha comenzado a sufrir desgastes. Aunque las 1.800 villas de la primera de las islas, con forma de palmera (Palm Jumeirah), se vendieron en menos de 72 horas y aunque las propias islas fueron construidas con materiales naturales (arena, roca) para tratar de reducir el impacto ambiental del proyecto, la erosión costera y la pérdida de diversidad en los ecosistemas han hecho mella. El estancamiento del agua, forzado por los nuevos arrecifes, ha obligado a que el dique que protege la urbanización se tuviera que perforar para permitir la circulación de las corrientes marinas.
El futuro desvelará el resultado del experimento Dubai. El presente revela ya algunos logros (el metro se construyó en sólo dos años) y también fallos en un urbanismo que ha elegido el lujo y, consecuentemente, la desigualdad. El 70% de los 423.000 obreros que levantan Dubai tienen un salario bajo y viven en paupérrimos guetos alejados y escondidos de la ciudad que ellos están haciendo crecer.
MÉXICO DF
DESIGUALDAD Y POLUCIÓN
La ciudad, con 18 millones de habitantes, vive desbordada por su propio crecimiento
Con el litro de gasolina más barato que el de agua embotellada, el coche es uno de los principales problemas en Ciudad de México. Su alcalde, el progresista Marcelo Ebrard, está tratando de solucionarlo frenando la expansión de la ciudad y tratando de hacer más sostenible un sistema paupérrimo, inseguro e insuficiente de transporte público. Con todo, la mancha de la contaminación urbana amenaza ecosistemas y especies autóctonas de flora y fauna, como las arboledas de sauces ahuejotes o los venados y las garzas, que han desaparecido de las laderas de las montañas y del valle de México.
El nuevo alcalde no es el único preocupado por la polución. Hace ya años que la ciudad respira uno de los aires más contaminados del planeta. Y hace también dos décadas que se implantó el discutido programa Hoy No Circula, que obliga a los coches a descansar un día a la semana, o dos, si los indicadores de la polución se disparan, empleando como referencia los números en los que terminan las matrículas. La corrupción, que hace posible la obtención de pegatinas que falsean esas placas por precios módicos, y el hecho de que sean muchas las familias con más de un vehículo disponible ponen en jaque este sistema para reducir la contaminación atmosférica.
Pero al problema de la polución se añade el de la falta de agua. Desaparecidos los lagos históricos, la ciudad -en un llano con numerosas industrias y una ingente población- no cuenta con fuentes propias. México DF es hoy una megápolis con el área metropolitana más poblada de Norteamérica. Aquí, más de 18 millones de habitantes concentran un cuarto de la riqueza del país y el 20% de su población. En el corazón de esa región, la capital, Mexico DF es también la ciudad más rica y poblada del país. Pero también congrega un cúmulo de problemas.
Más allá de la congestión, la polución y el tráfico, la desigualdad y el urbanismo forman aquí un círculo vicioso en el que es difícil establecer si los guetos urbanos (residenciales y comerciales) son el resultado del miedo o la cara maquillada de la desigualdad que desemboca en la falta de recursos para prestaciones sociales y en un alto índice de criminalidad. Fue en la década de los cincuenta cuando el llamado «milagro mexicano» desató una urbanización sin precedentes que, más allá de dotar a la urbe con infraestructuras como la Ciudad Universitaria, a la larga, llevó a duplicar su población. Hoy la capital vive desbordada por su propio crecimiento. Políticas que buscan revitalizar el centro urbano tratan de poner remedio a esa expansión sin límites que obliga a vivir sobre ruedas.
BERLÍN
LA CIUDAD BUSCA SU PÚBLICO
La capital alemana unificada se ha convertido en un campo de pruebas arquitectónico
La caída del muro de Berlín, en 1989, desató uno de los procesos urbanísticos más acelerados de todos los tiempos. Con la ciudad aún dividida se tomó la decisión de recuperarla como capital. Y se terminó reinventándola. Berlín Este y Berlín Oeste debían ser uno y uniforme. Una drástica ordenación urbanística se encargaría de conseguirlo. De paso, borraría la historia de la ciudad. Berlín Oeste fue, durante décadas, una anomalía urbana: no tenía espacio para crecer. Berlín Este vivió levantando en Alexanderplatz edificios de altura con la única preocupación de que fueran visibles desde el otro lado del muro. El urbanismo existió. La planificación urbana obedecía a razones poco habituales.
Tras la caída del muro, 23 metros de altura máxima -cinco plantas, el tamaño de la ciudad prusiana- fue la consigna para unificar y ordenar los nuevos edificios. Pero una ciudad que se transforma no por una reestructuración económica o reorientación de sus puestos de trabajo sino por una renovación urbana corre el peligro de convertirse en ciudad marca. Berlín se levantó como un escenario para la vida del futuro. Se construyeron edificios pensando más en la forma de la ciudad que en el uso que les iban a dar sus ciudadanos. Varios autores relacionan la instalación de sedes de empresas como Coca-Cola o Siemens más con intereses especulativos sobre el suelo que con la voluntad de conformar un nuevo sector financiero.
Así, ha sido el mercado del suelo global el que la ha dibujado. Las agencias públicas introdujeron grandes extensiones de terreno público en el mercado. Tras la reunificación, hubo más de millón y medio de peticiones de restitución de propiedades en el corazón de Berlín, muchos terrenos fueron devueltos a antiguos propietarios judíos, y se fomentaron ayudas para inversión y regeneración urbana. La ciudad se erigió en un escenario para la compra de suelo global y a la vez en un campo de pruebas arquitectónico en el que se concentran «los peores edificios de los mejores arquitectos», apunta David Chipperfield, autor de uno de sus proyectos mejor valorado, el Neues Museum. Con 3,4 millones de habitantes, Berlín aún busca su público. Sigue siendo una ciudad poco densa en la que es posible aparcar y donde los alquileres son accesibles. Pero, ¿qué trabajo puede realizarse allí? La política de alquileres baratos ha atraído a diseñadores y artistas. Pero algunos barrios, como Mitte y Prenzlauer Berg, han visto cómo su población mutaba en una década.
SHANGHAI
30 NUEVOS HABITANTES CADA HORA
El piso medio ha crecido de los 12 metros cuadrados en 1985 a los 40 que tiene hoy
Siendo el mayor puerto mercantil del mundo y la ciudad más poblada de China, Shanghai compite con Hong Kong por convertirse en la capital económica de su país. Cada hora, esta ciudad, a 40 kilómetros del mar de la China Oriental, aumenta su población con 30 nuevos habitantes. Sin embargo, su ciudadanía envejece. El 17% de sus habitantes supera los 65 años, de modo que las estadísticas se redondean con inmigración interna y con expatriados que regresan a esta urbe floreciente que vive un desarrollo espectacular desde que comenzó a construir rascacielos hace cerca de dos décadas. Hoy Shanghai es la octava ciudad del mundo en crecimiento rápido y se espera que dicha proporción se mantenga por lo menos durante la próxima década, en la que la ciudad cuenta con sostener un crecimiento económico cercano al 10% actual.
Tras una época, a mediados del siglo XIX, en la que Shanghai floreció como puerto comercial gracias a su ubicación estratégica, la inversión extranjera se redujo en 1949, tras la revolución. Hoy la sociedad ha dejado de ser el grupo homogéneo que fue durante la época de Mao para convertirse en una población diversa, pero mucho más desigual. A pesar de que el 50% de los ciudadanos caminan o pedalean al trabajo y a pesar de que la implantación del coche está seriamente limitada, Shangai ha apostado por ser una ciudad con varios centros para acoger a los casi 20 millones de habitantes de su área metropolitana. Así, la construcción de numerosas ciudades-satélite hace temer por la progresiva desaparición de su legendario medio de transporte. Para contener esa desaparición, las autoridades locales construyen estaciones de metro enfebrecidamente. Desde que se inaugurara la primera estación, en 1995, el crecimiento del suburbano de la ciudad es el más rápido del mundo.
Además, no todo son desventajas en el urbanismo multicéntrico. Gracias a esa organización por distritos, el piso medio ha crecido de 12 metros cuadrados en 1985 a los 40 de media que tiene hoy. Ubicada en el rico delta del río Yangtzé, en un llano de 6.218 kilómetros cuadrados, tan grande como toda la provincia de Tarragona, la nueva Shanghai se ha construido a un ritmo de 10 rascacielos futuristas por año en la última década. Tal vez por ese auge en la construcción, tiene una población flotante de cuatro millones de trabajadores viviendo en condiciones límite y con difícil acceso a infraestructuras como parques o transportes.
PLANETA URBANO – LOS RETOS
El desafío de la convivencia
No hay vuelta atrás. Ya hay más gente viviendo en ciudades que en el campo, según Naciones Unidas. Y en 40 años, el 70% de la población mundial será urbana. Esta imparable tendencia marcará el futuro de la humanidad y del planeta. Y sobre ella gira la Expo de Shanghai 2010, que se ha inaugurado este fin de semana, cuyo lema es ‘Mejor ciudad, mejor vida’. Los retos no son pocos: contaminación, pérdida de diversidad cultural y multiplicación de los degradantes suburbios. Porque aunque las ciudades son un trampolín de oportunidades, las desigualdades y la deshumanización también se han apoderado de ellas.
La ciudad es el sitio donde muchos hemos ido para encontrar otra vida. En las ciudades indias la gente viaja en autobuses parecidos a los de Londres. Allí coinciden el gopi, la persona que lava los pies, y el prestamista. Provienen de estratos sociales distintos. En un pueblo jamás llegarían a hablar. Pero en el autobús urbano se tienen que sentar uno al lado del otro. Eso es lo maravilloso de las ciudades. Gandhi intentó desesperadamente abolir el sistema de castas. Y el autobús, sin ningún objetivo político, lo ha conseguido. Por eso las ciudades son lugares de esperanza». Habla Charles Correa. El arquitecto que diseñó Navi Mumbai, la nueva Bombay para dos millones de habitantes, asegura que lo peor del urbanismo actual es «que el poder político utilice suelo urbano para financiarse». Esa lacra mundial está cambiando las ciudades. Y el mundo.
Vivimos en un mundo urbano. Con más de la mitad de la población del planeta asentada ya en áreas metropolitanas, nada parece poner freno al crecimiento de las ciudades. Para 2050 se espera que el 70% de la población mundial sea urbana y que sólo el 14% de los habitantes de los países desarrollados viva en el campo. Lo ha contado Anna Tibaijuka, directora del Programa de Asentamientos Urbanos (Habitat) de Naciones Unidas, en la presentación del último informe sobre el Estado de las ciudades del mundo, en marzo en Río de Janeiro. El estudio describe un panorama preocupante: las ciudades se han convertido en paisajes contradictorios en los que la tradicional tierra de oportunidades convive con el terreno abonado para las desigualdades.
«En las ciudades hay desigualdad porque el sistema global que las rige vive y se alimenta de la desigualdad», sostiene el antropólogo Manuel Delgado. El autor de La ciudad mentirosa. Fraude y miseria del ‘modelo Barcelona’ considera que, en la urbe capitalista, la desigualdad no es un accidente, sino «el elemento consustancial que permite hacer de ella un factor de enriquecimiento de una minoría a costa del trabajo y de la miseria de una inmensa mayoría». Y asegura que lo que explicaba Engels cuando reflexionaba sobre el Londres de mediados del siglo XIX no ha cambiado demasiado. «Más bien, se ha agudizado». Así, las desigualdades persisten y aumentan. Pero las ciudades no dejan de crecer.
Tras la primera década del siglo XXI, las grandes urbes de los últimos años se perfilan ya como las futuras megarregiones de la próxima década. Y los 135 kilómetros comprendidos entre Hong Kong y Guangzhou, en China, como la región metropolitana más poblada del mundo con 120 millones de habitantes. El doble de los que se calcula que pueblen en 2015 el eje Nagoya-Osaka-Kyoto-Kobe en Japón y el triple de los habitantes de la región que se extiende entre Río de Janeiro y São Paulo hoy.
Estas ciudades sin límite son ya un hecho, un problema real. Y aunque la mayoría de los urbanistas consideran más sostenibles los modelos de metrópolis que concentran a la población y permiten ahorrar en transporte, el hecho de que el 18% de los habitantes de la Tierra viva en una diminuta fracción del planeta –la que ocupan las 40 megarregiones del mundo– es difícilmente sostenible social y económicamente.
La mitad de la riqueza universal se acumula hoy en 25 ciudades. Hasta la riqueza del campo parece haber dejado de brotar de la tierra y proviene ahora de los envíos urbanos que llegan desde esas megápolis. En ese marco, cuando el 66% de la actividad económica del mundo y el 85% del desarrollo tecnológico y científico se ubican también en las nuevas megarregiones, ¿tiene remedio la expansión urbana sin límites?
«La ciudad es un atajo eficiente para adquirir la equidad», asegura el arquitecto chileno Alejandro Aravena. «En los indicadores de cualquier ámbito, la ciudad lo ha venido haciendo mejor que el campo desde siempre. Por tanto, cuanta más gente se mueva hacia la ciudad, mejor. El problema es que acabamos de cruzar un umbral en el que este proceso se magnifica y no hay conocimiento suficiente para contestar a la pregunta de cómo hacer ciudades a la velocidad y a la escala que se necesita». Delgado lo ve de otra manera. Cree que las ciudades son casi siempre demográficamente insuficientes: «Eso implica que son, por definición, heterogenéticas, es decir, se nutren de poblaciones que llegan hasta ellas para garantizar su simple supervivencia. Por supuesto que llegan a ella poblaciones empobrecidas, pero no es sólo porque éstas necesiten desplazarse para sobrevivir, sino porque las propias ciudades, y el mercado de trabajo formal o informal que suponen, las atraen».
También el urbanista Miguel Ruano, autor del libro Ecourbanismo, considera que el crecimiento es inevitable. E imparable. «Será difícil dar con un modelo que sea tan atractivo como el que, a pesar de todo, ofrece la gran ciudad. Desde su aparición han sido atractivas. Lo que sucede ahora es que el proceso mundial de urbanización de la población se acelera y los atractivos de los modelos alternativos, como la vida rural, no logran alterar esa tendencia. Los modelos productivos en agricultura, industria y servicios favorecen la acumulación de población (y de capital) en grandes centros urbanos», explica. Pero el director del Observatorio de la Urbanización de la Universidad Autónoma de Barcelona, Francesc Muñoz, disiente: «Es verdad que existe una tendencia mecánica de la ciudad al crecimiento, pero ese crecimiento se puede modelar para conseguir ciudades mejores. Que el 70% de la población sea urbana no implica que todos vivan en ciudades (con plazas, oficinas y mercados). Viviremos en entornos urbanos: territorios urbanizados que no son ciudad en toda su extensión». Y es ahí donde Muñoz ve el gran reto de la década: transformar en ciudad real «todos esos fragmentos del planeta ya urbanizados, pero no urbanos». ¿Cómo urbanizar lo construido?
El antropólogo francés Marc Augé, que acuñara el término «no lugar» para describir los nuevos espacios públicos urbanos (centros comerciales, aparcamientos), lo pregunta de otra manera: «¿Cómo conciliar la pertenencia a las redes globales y la vida local?». Y asegura que la solución sólo puede ser política. «Europa podría encontrar dentro de sí la oportunidad de crear modelos ejemplares. ¿Cómo? Haciendo uso del sentido más noble del término política». Es decir, la ciencia, o el arte, que ambiciona gobernar un país, y no la mera lucha por acceder, o permanecer, en el poder. Augé no habla del partidismo al que estamos habituados. Y del que estamos hastiados. Su idea, ¿ideal?, es mejorar las polis con políticos con el nivel y la ambición para lograrlo.
El problema de la ciudad sin límite arranca de la búsqueda del bienestar que lleva a intentar conseguir alquileres más baratos y más espacio por menos precio o a asociar lejanía del centro urbano con menor contaminación, sin que quienes eligen trabajar en la ciudad y vivir en las afueras reparen en cómo ellos mismos contribuyen a la polución con sus desplazamientos diarios. «La idea del lujo urbano fuera de la ciudad está invadiendo el planeta y convirtiendo las urbes en ciudades sin fin», considera Eduardo López-Moreno, coautor del nuevo informe de la ONU que sostiene que las ciudades sin límites territoriales son un síntoma de que algo no funciona. «Requieren recursos energéticos y transportes que las hacen insostenibles». Por eso él recuerda que «las ciudades más prósperas no son las más extensas ni las mayores, sino las que reducen las desigualdades entre su población». ¿Cómo lograr ciudades menos desiguales?
Francesc Muñoz contesta sin dudarlo: «Lo que contribuye a eliminar la desigualdad es la capacidad de la ciudad para vincular la política económica y urbanística con las políticas sociales». Todo lo contrario de lo que hacen los gobiernos que teme Charles Correa, los que utilizan el suelo urbano para financiarse. Es cierto que no se le puede pedir a la política urbanística que resuelva problemas sociales, pero sí deberían diseñarse políticas sociales que aminoren los efectos de las políticas urbanísticas que expulsan a amplias poblaciones urbanas durante procesos de renovación. Charles Correa, que ha trabajado en varios continentes, lleva toda su vida ocupándose del problema de la vivienda. Y tiene claro que la pobreza no es un problema arquitectónico. «Pero la manera en que los pobres viven en la ciudad, sí. En el campo, uno, por pobre que sea, no se deshumaniza. En la ciudad, sí», razona. Tal vez por eso no sorprenda que una de las primeras propuestas que hizo cuando, en1985, el primer ministro Rajiv Gandhi lo nombró responsable de la Comisión Nacional de Urbanismo fuese construir bancos en los que los recién llegados pudieran dormir temporalmente. Nunca los hicieron. «Hoy la invención no está de moda en arquitectura. Un arquitecto, como un ingeniero, debe inventar. Estamos viviendo el éxodo a la ciudad. Y la ciudad, que tiene grandes ventajas, no ofrece una pobreza digna. Hay que solucionar ese problema».
Las expansiones sin límite de las ciudades generan barrios residenciales de baja densidad, desiertos durante el día y sin apenas vida vecinal, que pueblan vastas regiones metropolitanas. En ese contexto, Muñoz, autor de un título elocuente, Urbanalización, que narra el deterioro de diversas ciudades, urge a repensar el papel del parque junto a esas casas con jardín. Fenómenos como las country villas de México o las gated comunities de Washington dibujan guetos en medio de un paisaje repetido, clonado e inseguro. «Ese encapsulamiento es, por definición, la negación de la vida urbana y ciudadana», explica. Pero Delgado advierte del peligro de concentrar los esfuerzos en evitar los guetos: «El discurso de la ‘lucha contra los guetos’ se está convirtiendo en uno de los argumentos centrales con vistas a justificar la renuncia a políticas de vivienda social en Europa y, especialmente, en nuestro país».
El crecimiento de las ciudades aumenta los asentamientos ilegales. Hoy, más de 1.000 millones de personas viven en suburbios con infraviviendas. ¿Por qué los gobiernos de las ciudades no son capaces de generar viviendas dignas? «Lo de las viviendas dignas para todos sólo sucede cuando la sociedad decide que ese es un tema importante y la riqueza se reparte con más equidad», explica Miguel Ruano, asentado en Londres desde hace 12 años, al tiempo que recuerda que Barcelona tenía chabolas hace tan sólo unas pocas décadas. Y Madrid hace menos. Aunque hoy queden ya muy pocas.
«Desde que, con el capitalismo, las viviendas pasaron a ser un bien no sólo de uso, sino también de cambio, el acceso de una mayoría de la población a la vivienda pasó a ser un capítulo más de las políticas sociales», explica Muñoz. La capacidad de movilidad de la población en el territorio y la pobreza galopante en una parte del mundo hacen que el flujo migratorio no cese, y eso se traduce en acuciantes necesidades de vivienda que los Estados no aciertan a resolver. Por eso, el chabolismo alcanza dimensiones espectaculares en las ciudades del llamado Tercer Mundo. «Pero no es del todo ajeno a las sociedades llamadas avanzadas», advierte Muñoz. Además, «en las ciudades europeas –y, por supuesto, en las españolas– existe un auténtico barraquismo invisible que sirve para acoger a una población procedente de la inmigración que no encuentra alojamiento y ha de acomodarse en todo tipo de infraviviendas que no se ven, pero que están ahí: pisos patera, pensiones clandestinas o camas calientes…», señala Manuel Delgado.
Si la ciudad industrial engendró una cultura urbana inspirada en la fábrica y el tránsito, la ciudad posindustrial podría haber creado una cultura derivada de la tecnología y la experiencia de la velocidad que ha cambiado la forma de las ciudades, pero no su esencia. ¿Cómo son las urbes de la era global?
Si uno pudiera, como en Star Trek, ser tele-transportado instantáneamente por muchas ciudades del mundo, a menudo no sabría decir dónde se encontraría, ni siquiera en qué país, excepto por el idioma en el que están escritos los anuncios de las omnipresentes marcas globales: Coca-Cola, Ford, Nokia, McDonald’s… Desde Bangkok hasta São Paulo, pasando por la periferia de París o los suburbios de Bombay, la homogeneización de la globalización urbana es un fenómeno evidente hasta para el observador menos atento. «Curiosamente, esa uniformización se produce tanto en el ámbito de las residencias de los ricos, influenciadas por el modelo suburbano estadounidense o por el penthouse neoyorquino, como en las chabolas de los pobres, construidas siempre con los materiales más baratos y, por tanto, similares en todo el planeta», explica Ruano.
No se trata sólo de que Hermès y Zara compartan las avenidas principales del mundo, parte del problema estriba en que la escala del turismo global y el consumo visual han redibujado las tradiciones de lugares y paisajes impulsando la aparición de ciudades ficticias. Venecia es un claro ejemplo.
A comienzos del siglo XX, varios barrios del mundo con canales y puentes recibieron ese nombre. Hay uno en Los Ángeles, y España tiene otro al sur de Valencia. También recibió el nombre de la ciudad italiana un casino de Las Vegas con un palacio ducal, góndolas y una réplica del puente de Rialto de cartón piedra. La clonación forma parte del nuevo espectáculo del turismo con sed de circo y bibliografía de libro Guiness de los récords.
Así, la naturaleza replicante funciona como atracción turística sin dañar el original. Aunque, tal vez, difuminando su referencia. De la misma manera que hay zapatillas de marca e imitaciones, hoy existen ciudades de imitación y un turismo curioso dispuesto a degustar los nuevos espectáculos al grito de «hay que verlo». Así, son muchas las ciudades que se preparan más para recibir a los turistas que para facilitar la cotidianidad de sus ciudadanos.
Las personas cambiamos las ciudades. Pero las decisiones políticas las hacen. Hace 10 años, Dubai era poco más que un desierto. Hoy, la ciudad vive del negocio inmobiliario. ¿Qué cambiará en las ciudades del mundo la próxima década? La mayoría de los urbanistas concentran las opciones de futuro entre rehacerse o expandirse. La transformación urbana en el centro y la dispersión de actividades y residencias en la periferia dibujan la ciudad de mañana. «Elitización y suburbanización», resume Francesc Muñoz. «Continuarán la intensidad del reclamo turístico en los centros históricos y el cambio cultural y racial en muchos barrios, consolidado a partir de las migraciones globales», augura. Mientras, en las ciudades crecientes, la dispersión de la urbanización continuará la próxima década. Esta tendencia hacia un campo urbanizado convivirá con el ensayo de nuevos crecimientos más sostenibles y mejor integrados con el transporte público». En ese sentido, Muñoz y Ruano consideran prometedoras experiencias como la de Curitiba, en Brasil, y ven preocupante que las metrópolis de América del Norte no consigan deslindarse del uso indiscriminado del automóvil. «Cuando lo consiguen es para abrazar ejercicios de tematización tipo Celebration [la ciudad idílica levantada por Walt Disney en Florida]», señala Ruano.
A la ciudad que reinventa los atractivos de su centro histórico, o a la que expande ilimitadamente su periferia, Charles Correa opone un tercer modelo: la ciudad con varios centros. Algo parecido a recuperar la vida de barrio. «A pesar de que cualquier ciudad, como ocurre en Bombay, crece a gran velocidad, los núcleos que más están creciendo son los pequeños. Si eso sigue sucediendo, si la gente sigue llegando a partes distintas de una misma ciudad descentralizada, o con varios centros, la ciudad funcionará como una suma de ciudades. Bombay es una ciudad policéntrica. España es más policéntrica que Francia, que está dominada por París; como Londres domina Inglaterra, o Lagos, Nigeria. En India eso no sucede. El país tiene muchas grandes ciudades, y las ciudades, varios centros. Eso permite pensar en un futuro. Las ciudades son mezclas reales de gente de diversos sitios».
¿Hay soluciones para vivir mejor en las ciudades en las que, parece que inevitablemente, nos tocará vivir? En una época de vacas flacas, los zurcidos y los remiendos urbanos están empezando a ser mejor vistos que los grandes proyectos de las décadas pasadas. Pero, a pesar de acumular una larga historia de logros pequeños, siguen pareciendo algo más idealista que real. Percibidas como remedios temporales más que como soluciones urbanas, algunas acciones individuales están produciendo cambios colectivos. En algunos casos, a la iniciativa de los ciudadanos se junta la visión de los políticos. El alcalde de São Paulo, Gilberto Kassab, estableció en 2006 la «ley para una ciudad limpia», prohibiendo todo tipo de publicidad en espacios públicos. Desaparecieron más de 15.000 carteles de autobuses y escaparates. Hubo debate sobre si la publicidad era cultura, pero se redescubrieron zonas de la ciudad literalmente tapiadas por los anuncios. Esa hazaña la recuerda hoy la muestra Ciudades habitables, ciudades de futuro, instalada permanentemente en La Casa Encendida de Madrid. La exposición explica que se pueden construir espacios urbanos incluso cuando la planificación y el Gobierno están ausentes. Y demuestra cómo, al margen de la realidad oficial de las ciudades, existe una realidad informal y auto-organizada que puede mejorar la vida de la gente y que podría ayudar a dibujar otras ciudades. Recuerda, por ejemplo, cómo en el año 2000 en Tirana, la capital de Albania, se puso en marcha un programa de regeneración urbana pintando con colores brillantes los deteriorados bloques de viviendas. El alcalde Edi Rama había sido antes escultor, jugador de baloncesto y ministro de Cultura. Y decidió impulsar un programa de regeneración barato con un ejército de pintores voluntarios dispuestos a colorear la ciudad degradada. Tras varias décadas de estalinismo y maoísmo, Tirana pasó de ser un lugar degradado a adquirir una fisonomía pop. En 2004 Rama se hizo con el título de mejor alcalde del mundo. Y en 2005, la revista Time lo nombró héroe del año. «El color no resolverá los problemas de la ciudad, pero puede motivar a los ciudadanos», señala el socialista Rama, de 45 años y todavía alcalde de la ciudad.
En España, como en el resto de Europa, aumentan los casos de activismo y participación ciudadana, que Ana Méndez de Andrés ha recogido en el volumen Urbanacción. Pero la participación ciudadana tiene muchas caras. En las últimas semanas, el único activismo que le ha quedado a la antigua regidora del Distrito Ciutat Vella (centro histórico) de Barcelona ha sido el de dimitir. A pesar de patearse a diario la ciudad, a pesar de acercarse a conocer los problemas desde los dos lados: el de las prostitutas y el de la gente del barrio, el de los comerciantes que se abrazan al turismo y el de los vecinos que no pueden vivir por la invasión de los turistas, la socialista Itziar González no pudo con la falta de apoyo de su partido. Curtida en negociaciones ciudadanas que desembozaron transformaciones de barrios barceloneses –como la plaza de Lesseps–, la arquitecta no ha podido regenerar el barrio donde tiene su propia casa. No es fácil hacer democracia en una ciudad. La falta de diversidad simplifica la ciudad. Pero también la empobrece. Hoy, en Barcelona, tras proyectos que lograron recuperar la ciudad para los ciudadanos, el redescubrimiento del mar y la reconversión de los edificios industriales, muchos barceloneses han asistido, atónitos, a la conversión de la ciudad en un destino de turismo de botellón. Como apunta Francesc Muñoz: «La ciudad intenta sobrevivir a su propia marca».
Más allá de la implicación ciudadana, Muñoz propone soluciones de gestión de recursos. Señala, por ejemplo, que uno de cada cuatro litros de agua gastados en las ciudades catalanas corresponde a pérdidas en la red. Propone: «Decir no a la urbanización dispersa y aceptar el reciclaje y la rehabilitación de edificios; negar la diseminación de la vivienda de baja densidad a lo largo de territorios donde los habitantes futuros estarán condenados al uso del vehículo privado».
Decir que los procesos económicos, las revoluciones, las guerras, el coche, la electricidad o cualquier otro fenómeno cambia las ciudades encubre el hecho básico de que las ciudades son creaciones humanas diseñadas y construidas para servir nuestras necesidades, intereses y deseos. Reflejan tanto nuestras grandezas como nuestras mezquindades. «La transformación de Lagos en una de las ciudades mayores del mundo por la nueva riqueza petrolera de Nigeria o la transformación de Shenzhen de pueblecito de pescadores a megalópolis de 15 millones de habitantes en 30 años, por su designación como special economic zone (SEZ) por el Gobierno de Deng Xiaoping en 1980, dibujan un mundo donde el cambio es posible», apunta Miguel Ruano.
¿Por qué, aun siendo lugares de extrema desigualdad, las ciudades siguen resultando atractivas? Las oportunidades de supervivencia económica son siempre mayores donde hay más densidad (de personas, actividades, necesidades y de probabilidades de dar un giro a la vida). Francesc Muñoz habla, además, de un «efecto llamada» y de un «efecto red». Que alguien consiga mejorar su vida tras llegar a una ciudad (aunque 100 no lo hayan conseguido) anima a intentar mejorar otras vidas. El efecto red refleja que, con el tiempo, las migraciones logran establecer una red de acogida en la ciudad. No van a cualquier lado: van a las ciudades donde otros inmigrantes fueron antes. Y ofrece un consejo a los políticos que no hayan tenido tiempo de pararse a observar: «La ciudad puede y debe ser mucho más que una superficie limpia y pulida. Debe ser el lugar donde recuperar la variedad». Como dijo aquel disc jockey: «En Londres sólo vive quien tiene mucho dinero o mucha personalidad. La ciudad siempre te ofrece la posibilidad de estar igual de mal que en el campo, pero viendo cosas diferentes».
PLANETA URBANO – LOS DATOS
Las grandes colmenas
Urbanistas, sociólogos, políticos, arquitectos y otros profesionales tienen el desarrollo de las grandes urbes en el punto de mira. La ciudad está enferma, pero sus síntomas son analizados paso a paso mediante studios de todo tipo. Se conocen los problemas y las soluciones. Lo que hace falta son decisiones políticas.
No nos engañemos, la ciudad ideal para vivir no existe. Aunque algunas se acercan más que otras a esa antigua aspiración humana. Según estudios realizados por distintos medios y empresas que evalúan anualmente la calidad de vida en cuanto a estabilidad, infraestructuras, sanidad, educación, cultura y medioambiente, Canadá es el país con mejores condiciones en tres de sus grandes ciudades (Vancouver –en el primer puesto–, Toronto y Calgari), seguido por Australia, con Melbourne en el tercer lugar y otras cuatro ciudades australianas (Sydney, Perth, Adelaida y Auckland) en los puestos del 7 al 10, según el Mercer Quality of Living Survey para el Economist Intelligence Unity en el último año. Viena, en el segundo lugar, es la ciudad más votada en la encuesta como la que elegirían para vivir. En esta lista, Barcelona ocupa el lugar 42, y Madrid, el 48.
El reverso de la moneda estaría en las que el citado estudio señala como las peores ciudades para vivir entre 140 urbes encuestadas. Estas son: Dakar (Senegal) y Teherán (Irán) –empate en el lugar 130–, Colombo (Sri Lanka), Katmandú (Nepal), Douala (Camerún), Karachi (Pakistán), Lagos (Nigeria), Port Moresby (Papúa Nueva Guinea), otro empate en el 139 entre Argel (Argelia) y Dhaka (Bangladesh), y en último lugar, Harare (Zimbabue).
Los arqueólogos no se ponen de acuerdo sobre el salto entre la aldea y la ciudad que tuvo lugar hace unos 5.000 años. Lo cierto es que los restos de las primeras grandes civilizaciones aparecieron ya plenamente desarrolladas, con palacios, edificios de uso público y murallas que los protegían tanto de los ataques enemigos como de la inmigración descontrolada. Porque las ciudades son desde su origen un importante foco de atracción para gente en busca de mejores condiciones de vida y más libertades. Las grandes concentraciones urbanas han tenido más o menos los mismos problemas desde el principio, en distinta medida: la necesidad de agua para el consumo de sus habitantes, la eliminación de los desperdicios y basura, la contaminación, la circulación de vehículos y el peligro de desórdenes públicos.
El crecimiento demográfico es cada día más preocupante y el crecimiento de las megaurbes un tema al que es indispensable prestar mayor atención y previsión. En 2050 el 70% de la humanidad vivirá en ciudades, cuando en 1900 sólo lo hacía un 10%. Tokio, México DF, Mumbai, Nueva York, São Paulo, Delhi, Calcuta, Yakarta, Buenos Aires y Dhaka (Bangladesh) son hoy, en ese orden, las ciudades más pobladas del mundo. Se calcula que en 2020 cerca de 1.400 millones personas vivirán en zonas chabolistas en todo el planeta, según resultados del Urban Age Project, una organización que ha tomado como referencia seis ciudades (Nueva York, Shangai, Londres, México DF, Johanesburgo y Berlín) para el seguimiento tanto de su expansión arquitectónica como de los factores sociales y económicos en juego, resumidos en el libro The Endless City (Phaidon).
El espectáculo que nos presenta ahora con toda facilidad una herramienta como Google Earth puede ser escalofriante. El ser humano ha dejado su huella en el 80% del territorio del planeta. Somos una plaga . Las ciudades son gigantescas manchas que se extienden como un líquido depredador. Y siguen creciendo. La población urbana ha aumentado en el siglo XX de 220 millones de personas a 2.800 millones. Según las previsiones la escala de crecimiento seguirá en alza especialmente en Asia y África, donde las grandes ciudades llegarán a duplicar su población para 2030, según un informe de la ONU. Se estima que 120.000 personas llegan cada semana a vivir en ciudades asiáticas. En Dubai el 80% de habitantes son extranjeros. Movimientos migratorios extremos para los que los gobiernos locales deberían ir preparándose porque, según recomienda este documento, no será posible detenerlo con medidas de exclusión. Las ciudades fueron el nido de la civilización, el lugar que permitió (y necesitó) que surgieran las leyes, se perfilaran los derechos cívicos, que avanzara la ciencia, el comercio, la industria y las artes. Hoy parecen hormigueros o colmenas, aunque menos organizados que los de los simples insectos. Sin embargo, los directores del Urban Age Project, Ricky Burdett y Philipp Rode, no ven que esto sólo tenga un fin apocalíptico. “Las ciudades no representan sólo la concentración de los problemas –aunque así sucede–, sino que son los lugares donde esos problemas se pueden resolver”.
PLANETA URBANO – ENTREVISTA Jacques Herzog
‘No nos interesan las burbujas. Queremos seguir dudando’
Arriesgar, experimentar, innovar. Pocas veces ha alcanzado la arquitectura cimas tan altas de creatividad. Así ve el mundo, la ciudad y la vida el 50% del estudio Herzog & De Meuron.
Nieva en Basilea. Al estudio de los arquitectos más prestigiosos del momento, Jacques Herzog y Pierre de Meuron, se accede por la cocina. Entra un hombre cargando una gran cesta con naranjas, manzanas y plátanos. La deja sobre una mesa larga, junto a cuencos y teteras preparados para la merienda. Se va. Por otra puerta minúscula entra Jacques Herzog. En foto aparenta 10 años menos de los que tiene. En persona, tal vez 15 menos. Está en buena forma. Viste un traje impecablemente cortado y calza zapatillas deportivas. Coge una mandarina del cesto, comienza a pelarla y saluda con la mano. Atravesamos dos salas hasta llegar a un despacho espartano con vistas de lujo al río. La clave en todas las salas es la aparente falta de diseño, como un no-logo del mobiliario. Los autores de algunos de los edificios más emblemáticos del momento –el Estadio de Pekín, la Tate Modern de Londres, CaixaForum en Madrid, VitraHaus en Basilea o la tienda de Prada en Tokio– siguen trabajando en la misma calle donde empezaron, donde han ido colonizando las casas vecinas.
Sorprende que elijan para su estudio un ambiente doméstico, como de piso de estudiantes. ¿Por qué deberíamos cambiar? Con 350 empleados somos, con mucho, el mayor estudio haciendo arquitectura experimental. Sin duda, ese tamaño nos permite ofrecer la calidad que conseguimos. Pero trabajar concentrados en un lugar pequeño nos permite dialogar sobre los proyectos. Tenemos oficinas en Madrid, en Hamburgo, en Pekín, en Nueva York o en Londres, pero el diseño lo hacemos aquí.
¿Por qué han ido adquiriendo casas vecinas en lugar de levantar un edificio de nueva planta? Porque así hemos crecido. Esta suma de casas con patio compartido es nuestra historia. Empezamos con una. Hemos crecido. Y no nos gusta vivir todos bajo el mismo techo. Pasar de un edificio a otro cambia el tono. La oficina es un reflejo de nuestro trabajo: tiene diferentes ambientes, permite cambiar de mentalidad.
¿Cómo se puede trabajar por todo el mundo sin un sello reconocible? Con voluntad. Nos gusta probar cosas. Queremos huir de la rutina. Honestamente, no sabemos realmente lo que es la arquitectura hoy, todo lo que puede dar de sí. Y eso es lo que investigamos. Es importante probar, y tal vez esa sea nuestra mayor contribución.
¿La experimentación? Devolver la arquitectura a la gente. La arquitectura se queda en el lugar, pero también en la gente. Nos gustan los edificios ricos, sensuales, inspiradores: los que se quedan en la memoria. Nos interesa la arquitectura económica y hecha a medida, precisa: los edificios sastre.
¿Cree que la arquitectura actual está perdiendo esa cualidad de dejar huella? Hoy los verdaderos arquitectos de las ciudades son, con demasiada frecuencia, los promotores. Eso hace que todo deba ser rápido y barato. Y mezclar esos términos es peligroso. Como arquitectos, creemos que uno puede salirse de esa trampa.
¿Cómo? Tratando la arquitectura como un campo artístico. Con un enfoque pragmático –los edificios son para usarse–, pero sin descuidar jamás la sensualidad. A la gente le gusta tocar y sentir.
Desde que recibieron el Premio Pritzker, ustedes han apostado por una arquitectura muy formal. Pero nunca hemos descuidado la sensualidad. Lo puede ver en nuestro último edificio, el Vitrahaus.
¿A qué obedece la experimentación formal? Uno no puede ser sensual todo el rato. Ni hacer las cosas siempre grandes o pequeñas. Uno debe variar sus respuestas para responder de verdad. Queremos saber hasta dónde puede llegar la arquitectura. Y eso se puede investigar. Esa parte es la que nos interesa. De manera ideal, la arquitectura debería ofrecer la misma riqueza que la naturaleza. Ésta sigue siendo nuestro modelo más extraordinario para todo.
¿Qué les llevó a experimentar? Cualquier arquitecto joven aspira a que lo reconozcan mucho y pronto. Tuvimos la suerte de conseguirlo temprano. Eso nos animó a desarrollar ideas a partir de la curiosidad y la apertura mental.
Les dieron el Pritzker por esa primera etapa. ¿El premio les permitió arriesgar? El cambio no ha sido en términos de riesgo. Siempre hemos arriesgado. El gran cambio ha sido de cabeza, y se remonta al proyecto de la Tate Modern, en Londres, no al Pritzker. Si observa a fondo ese proyecto, ahí ya hay una arquitectura que trataba de escapar de las ideas preconcebidas. El término minimalismo, aplicado a la arquitectura, no existía antes de que nosotros hiciéramos algunos trabajos. No lo digo con arrogancia, trato de explicarlo con hechos. La vía minimalista fue nuestra manera de escapar del posmodernismo de los ochenta. La galería Goetz y diseños similares no existían. Se convirtieron en proyectos modélicos y, como estilo, el minimalismo fue adoptado por un país entero: se convirtió en sinónimo de arquitectura suiza. También algún arquitecto inglés hizo de esa etiqueta su credo, una moda. Como resultado, el minimalismo se convirtió en algo de moda, es decir algo aburrido, cansino.
Y ustedes se hartaron… Decidimos escapar, igual que habíamos tratado de escapar del posmodernismo. Intentamos hacer las cosas desde otro ángulo.
El formal. Las formas son una cantera que está para explorarla. Es muy rica.
Hablan de exploración conceptual. No nos gusta jugar por jugar. En arquitectura las cosas tienen que tener un sentido.
¿Cree que su arquitectura es hoy más compleja que hace 15 años? Creo que es más rica. Hacer mucho y trabajar con muchas personas es correr un gran riesgo. Todos tenemos derecho a cambiar. Uno no es igual con 20 años que con 40. Y es bueno que eso suceda. Eso es la vida. La transformación es parte de la vida. Si hoy quisiéramos hacer la galería Goetz o cualquiera de los proyectos que nos dieron fama hace 20 años, no seríamos nosotros. Nuestro trabajo sería predecible y aburrido, casi un ejercicio de estilo, una clonación de uno mismo. Eso no es nada interesante.
¿Qué siente al mirar al pasado? Ternura. Admiración, incluso, por lo que logramos. Pero la certeza de que no volvería atrás.
¿Qué les quitó el miedo? Saber que podemos fallar hasta cierto punto. Pero saber también que tenemos más experiencia para controlar lo que de verdad importa. Con todo, uno no puede controlar nunca tanto como quisiera. Y eso es una parte desesperante de la arquitectura. Incluso si hiciéramos un único edificio, no sería perfecto. Pierre y yo hablamos con frecuencia de eso. Nuestra compañía se ha empezado a transformar. Y nos preguntamos qué pasará en cinco años y qué ocurrirá en veinte.
¿Y? Indagamos. Son preguntas importantes. Pero incontrolables. Hemos llegado a la conclusión de que si sólo hiciéramos un proyecto en cuatro años eso no lo haría mejor.
¿Por qué? Hace veinte años lo hicimos. Trabajamos en la reconversión de un ático durante un año entero. Queríamos entender nuestro trabajo y nuestro negocio. Ahora diseñamos de otra manera, ni mejor ni peor. Tenemos nuevas herramientas y gente joven. Los que tienen más talento se convierten en socios. Christine Binswanger, Ascan Mergenthaler o Stefan Marbach comenzaron como estudiantes y siguen con nosotros y hoy son parte del éxito de nuestra compañía. Pierre y yo hemos entendido que en cada proyecto enseñas tanto como aprendes. Diseñar un proyecto es la mitad del trabajo. Diseñar la compañía, la otra mitad.
¿Uno de los secretos de su empresa es que buena parte de los socios tienen menos de 40 años? Sin duda. Pierre y yo lo hemos hablado muchas veces: queremos que Herzog & De Meuron nos sobreviva. Y una nueva generación puede seguir. Algo así nunca ha funcionado en arquitectura. Pero sí lo ha hecho en moda. Nosotros queremos intentarlo.
¿Todavía le interesa la moda? Nos interesa mucho el talento que hay en el mundo de la moda. Hemos invitado a Miuccia Prada a trabajar en la escenografía y el vestuario de Attila para el Met de Nueva York. La moda me interesa, pero se asocia al lujo y puede leerse como algo banal. No es así. El lujo real no es nunca banal, es transformador. Lo mismo sucede en la arquitectura.
¿Qué hay de su socio, Pierre de Meuron? ¿Por qué no está presente en las entrevistas? Es difícil hacerlas juntos. Este papel me ha tocado a mí.
Se conocieron en el parvulario, cuando tenían seis años. ¿Qué los unió? Los niños tienen antenas. Les gusta la gente que es diferente, pero les ayuda a ser lo que quieren ser. Es algo muy animal. No lo planeamos. En aquel momento no teníamos ningún plan conceptual ni intelectual.
Y aquí están, 53 años después. ¿Qué los llevó a la arquitectura? Nunca nos sentimos muy cerca de la arquitectura. Y todavía hoy seguimos igual. No es un secreto que sentimos admiración por muchos otros campos: el arte, por ejemplo. Nos interesa la historia, la evolución de las tipologías, más que conocer edificios o arquitectos específicos. Lo que nos gustaba de pequeños de la feria nos lo construíamos nosotros. Pierre era el manitas. Y yo, probablemente, hablaba más que él. Yo dudé. Comencé biología y Pierre ingeniería. Luego decidimos estudiar arquitectura, pero sólo trabajamos juntos al final.
¿Qué les ha hecho permanecer juntos? Usted ha tenido dos mujeres y un solo socio. Lo que nos mantiene unidos a Pierre y a mí es que él es increíblemente bueno. Sería una idiotez no estar con él. Y… bueno, tal vez él piense lo mismo. ¿Mi ego quedaría más saciado si lo hiciera todo solo? No es cierto. Nunca lo es en arquitectura. Ni los malos trabajan solos. Y nosotros nos divertimos colaborando, realmente hacemos las cosas juntos. Cuando eres parte de un grupo tienes más cuidado al hacer las cosas.
¿Qué hacían sus padres? Mi madre era sastra. El gusto por la ropa lo heredé de ella. Y mi padre, funcionario. No teníamos conexiones arquitectónicas. El padre de Pierre trabajaba para una empresa farmacéutica. En nuestras familias hay algún pintor, pero de poca importancia.
¿Qué ha cambiado más: su vida o su ciudad? Uf, si la ciudad hubiera cambiado como nosotros, sería totalmente irreconocible (risas). Vivir en Basilea nos hace pensar mucho sobre la transformación de las ciudades. Porque ha crecido a capas, haciendo convivir distintos tiempos. Eso no es sencillo, pero lograrlo da riqueza a una ciudad.
¿Jugaba en la calle cuando era niño? Sí.
¿Juega su hijo de ocho años? Mucho menos que yo.
¿Cree que todos estos cambios los refleja la arquitectura? Las ciudades cambian por el miedo. El vandalismo ha existido siempre. Los niños que jugaban en la calle cuando yo era pequeño eran más espabilados que los que jugaban encerrados en un jardín privado. Hoy, incluso en Suiza, muy poca gente juega en la calle. Y eso transforma las ciudades.
¿Qué pueden hacer los arquitectos? Muy poco. Las ciudades han cambiado, pero hoy los barrios son guetos, guetos invisibles, sin barreras físicas, pero guetos dibujados por el nivel de vida.
¿Cuándo se dieron cuenta de dónde estaban llegando como arquitectos? Nunca nos ha interesado la cima.
Pero están ahí. Sí, claro. Y disfrutamos de las posibilidades que ofrece ese puesto. Creo que todo empezó con el proyecto de la Tate. En aquel momento no supimos ver las consecuencias de trabajar en una ciudad tan popular como Londres y en un edificio tan carismático. Convertimos el museo en una gran plaza cubierta, gigante, como una catedral. Pero podíamos haber fallado. Claro que sabíamos cómo hacer galerías refinadas, pero nuestra apuesta fue por el vestíbulo, la sala de turbinas, un espacio de muchos metros de altura ganado para los ciudadanos. Creemos que esa idea cambió Londres. Y también nos abrió los ojos y nos ayudó a ser lo que somos hoy.
¿El papel de la arquitectura está en los servicios públicos? En abrir huecos para que los espacios sean públicos. Cuando la arquitectura reconquista la ciudad encuentra esos espacios. En una escala menor, en España, el edificio de CaixaForum de Madrid se levanta para ceder su propio suelo a una plaza pública. Con eso ganamos todos.
¿Dudaron sobre si trabajar en China? No. China es todavía una dictadura. Hay censura. No respetan los derechos de autor, pero creo que puede convertirse en un modelo para el mundo. No creo que pueda ser una democracia como la suiza. Pero tampoco sé si esta forma de gobierno es la mejor para un país tan grande. ¿Qué es la libertad? ¿Cómo debe ser? China podría ser un país más libre. Sin duda. Pero creo que el Estadio ayuda en ese camino hacia la libertad. Creo que transforma el urbanismo de Pekín y eso es parte de la transformación de la sociedad.
¿No cree que legitima la dictadura? Claro que da buena reputación al Gobierno. Pero fíjese, lo hicieron tal y como dijimos nosotros. Fueron milimétricamente respetuosos. Confiaban en los arquitectos por encima de su propio poder. No sé cuántos gobiernos europeos se dejarían guiar así por los arquitectos.
Está claro que es un éxito arquitectónico. Pero ¿consideró usted boicotear esa construcción? Si nadie hubiera boicoteado Suráfrica, igual todavía duraba el ‘apartheid’. Yo no haría ningún edificio para un régimen que hiciera cosas que mi país, o el suyo, condenara. Pero todos mantienen vías comerciales abiertas con China. ¿Por qué no debo hacerlo yo? Yo no creo que hubiera podido construir para los nazis, que eran un peligro para todos. Pero no es el caso en China. No quiero ser naïf y no quisiera que sonara a excusa, pero creo que China está cambiando. Y hacer un buen edificio allí es participar en ese proceso de cambio dialogando. Como suizo, creo que ayudo más así que boicoteando.
Han trabajado con grandes artistas. ¿Por qué eligen colaborar con ellos? Tienen grandes mentes. Nos gusta más su compañía que la de los arquitectos. Esta ciudad ha acogido a muchos: Donald Judd, Joseph Beuys… Los arquitectos necesitan un programa y un cliente antes de empezar. Los artistas, un papel en blanco. Los arquitectos se quejan de los límites, pero serían incapaces de enfrentarse a un lienzo en blanco. No están muy acostumbrados a desarrollar su propio mundo, a imaginar un mundo.
¿Quién arriesga más, Pierre o usted? Si uno decide arriesgar menos, el otro se sorprende. Y le da una patada. Arriesgar no es la palabra adecuada. Lo importante para nosotros es mantenernos vivos. Darnos cuenta de las cosas, mantenernos alerta. La arquitectura es como un equipo de fútbol. Tienes condiciones y un equipo. No se trata de hacer el mejor edificio del mundo de todos los tiempos. Se trata de hacer, cada vez, el mejor posible, con las condiciones de las que partes. Hacer eso te libra de obsesiones, incluso de ideologías políticas o religiosas, que a mí, más que nada, me dan miedo. Esa gente que va por la vida con la impresión de que tiene razón da miedo. Odio las obsesiones.
¿Cómo se libra de ellas? Trato de entenderlas para airearlas. Pero a las ciudades les cuesta más. Las obsesiones dan forma a las ciudades. La arquitectura y el urbanismo son muy psicológicos. Y hay que emplear esas herramientas. No me interesan las interpretaciones en arquitectura, me interesan los hechos. Todo lo demás me parece palabrería.
¿Cree que los trabajos que han hecho desde que recibieron el Pritzker les hubieran valido otro Pritzker? Supongo que sí. Pero no estoy seguro. No estoy en el jurado. ¿Qué piensa usted?
Sin duda. Aunque no creo que todos sus edificios sean obras maestras. Por ejemplo, en España, el de CaixaForum de Madrid es extraordinario, pero el del Forum de Barcelona creo que resulta fallido. Está claro que estamos expuestos al fallo. Pero ese edificio no ha sido arropado como debía. Tiene cosas extraordinarias: la proporción de los azules, el juego con la naturaleza artificial. Igual deberíamos haberlo hecho más simple. ¿Sabe que estamos instalando en el interior el Museo de Ciencias Naturales? Me encantaría retocarlo. Yo siempre admito las críticas. A veces hasta estoy de acuerdo.
Su próximo gran edificio en Madrid será la sede para el BBVA, muy al norte de la capital. Choca que hayan planteado un rascacielos circular con el de Tuñón y Mansilla tan cercano. ¿Conoce ese edificio? Sí, pero no lo conocía cuando lo diseñamos. No hubiéramos respondido así de haber conocido su proyecto. La mejor cualidad del BBVA es que responde al desierto donde hoy se levanta. Añade un jardín. Es un edificio muy denso, casi como una ciudad árabe. Quisimos hacer un lugar de trabajo idílico en una zona muy árida. Será un edificio muy físico. El edificio será parte del suelo levantado. Sólo vegetación y espacio.
Salpica la conversación con palabras muy precisas en castellano. ¿Cuándo tiene tiempo de estudiarlo? Todos los lunes. He avanzado bastante. Ya puedo leer libros.
¿Por qué se puso a estudiarlo? Me encanta. Tenemos muchos proyectos en España. Tengo una casa en Tenerife. Me encanta la gente [continúa en castellano], adoro a los tinerfeños. Tienen una cultura mucho más cerca del corazón que la que tenemos los suizos. También me sirve en México, un país fascinante.
¿Hasta dónde quieren llegar? Creo que en la vida, si no sabes continuar, es mejor parar. Pero, de momento, nosotros tenemos muchas cosas que todavía no entendemos. Y queremos entender.
¿En Dubai no construyen? Dubai… Creemos que es una burbuja. Y no nos interesan las burbujas. Muchos de los trabajos allí no funcionan. No queremos estar en todas partes. Lo que queremos es seguir dudando.
Creando juntos desde la guardería
Jacques Herzog y Pierre de Meuron se conocen desde la guardería. Y no han parado de sorprender al mundo con su creatividad. Desde su estudio en Basilea (Suiza), fundado en los años setenta, han alcanzado la cúspide de la arquitectura. Tres hitos en su carrera: la Tate Modern de Londres (con su innovadora sala de turbinas), el Estadio Nacional para los Juegos Olímpicos celebrados en Pekín en 2008 (el ‘nido’; en la foto, posan los dos ante las obras de este espectacular equipamiento) y la concesión del Premio Pritzker en 2001.
En España tienen obra en Madrid (CaixaForum) y Barcelona (Edificio Fòrum de las Culturas), más intervenciones en Tenerife y proyectos como el de la Ciudad del Flamenco de Jerez.
El País Semanal 02/05/2010


